
Infancia tras la pandemia: sostener desde lo esencial
Autora: Jennifer Adriazola | Pedagoga Terapéutica Familiar.
Hay generaciones que crecen en contextos de relativa estabilidad; otras lo hacen en medio de quiebres
profundos. La infancia atravesada por la pandemia pertenece a este segundo grupo. Si miramos atrás,
han pasado ya seis años desde aquella irrupción que alteró la vida cotidiana a escala global.
En este contexto ha comenzado a nombrarse, de manera informal, a la generación de los “niños
corona”: aquellos que fueron gestados, nacieron o crecieron en un escenario marcado por el
aislamiento y la incertidumbre, así como por profundas transformaciones en la vida diaria. Más allá
del término, importa reconocer que esta experiencia colectiva ha dejado huellas en una etapa
especialmente sensible del desarrollo.
Durante esa época, muchas familias vieron restringidos el encuentro con otros, el movimiento, el ocio
y el juego libre. El mundo se redujo a espacios interiores, y las dinámicas pasaron a estar mediadas
por pantallas. A ello se sumó un clima de tensión que, aun sin palabras, fue percibido con intensidad.
En la primera infancia, estas vivencias adquieren un peso particular. El niño no toma distancia de lo
que ocurre; lo incorpora. Su proceso de encarnación se entreteje con el entorno, y allí se configuran
las bases de su relación con el cuerpo, con los otros y con el mundo.
De ahí la necesidad de volver a lo esencial. Desde la Pedagogía Waldorf, el desarrollo infantil se
sostiene en la posibilidad de habitar el cuerpo, moverse, respirar, jugar y establecer una relación viva
con el entorno. La naturaleza se vuelve sostén.
El contacto con la tierra, el agua, el aire y los ritmos de las estaciones ofrece una vivencia que ordena
desde dentro. Trepar, ensuciarse, observar, repetir un gesto sencillo en un medio natural contribuye a
restablecer procesos que hoy suelen verse interrumpidos por la sobrecarga de lo artificial.
El ritmo cotidiano también cumple una función decisiva. Días predecibles, con momentos claros para
descansar, alimentarse y compartir, permiten que el sistema del niño se aquiete y recupere la
confianza. No se trata de rigidez, sino de una estructura de cuidados cotidianos que sostiene desde la
anticipación.
A través del juego libre se abre un espacio donde lo vivido puede elaborarse. Allí el niño se expresa
y, al mismo tiempo, integra su experiencia.
Nada de esto sucede por sí solo. Requiere de un adulto presente, capaz de observar, regular y cuidar
el ambiente. Alguien que reconoce su propio camino y comprende que el entorno que ofrece es, en sí
mismo, una forma de educación.
Las huellas existen, pero no determinan el destino. La niñez permanece disponible, en movimiento,
capaz de encontrar nuevas formas de equilibrio cuando el contexto se vuelve más armónico.
Volver a lo simple, a lo rítmico, a lo vivo resultó reparador tras la crisis del 2020. Hoy puede
convertirse en un camino sostenido. En lo cotidiano del hogar habitan fuerzas que ordenan, calman y
fortalecen. Allí comienza, silenciosamente, la posibilidad de restaurar.
Para la reflexión
- ¿Cuánto espacio real tienen mis hijos para estar en contacto con la naturaleza en su vida
cotidiana? - ¿Qué ritmo sostiene mi hogar y cómo influye en su bienestar?
- ¿Qué puedo ajustar para ofrecer un ambiente más seguro y habitable?


